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Un Siglo de la Botánica en México

J. Rzedowski
El conocimiento de las plantas, de sus características, propiedades
y usos, tiene una larga tradición en el país. Para apreciar la antigüedad de esta inclinación tan sólo hay que recordar que México ha sido uno de los centros más importantes en el mundo en lo que concierne a la domesticación de especies cultivadas y es probable que fue en su territorio donde se originó la agricultura americana precolombina. En las civilizaciones maya y mexica destacó la amplia y profunda sabiduría no sólo en relación al uso de los vegetales, sino también a su manejo adecuado, eficiente y previsor Sin embargo, por razones que no resultan del todo claras, pero que indudablemente tienen que ver con la implantación del régimen colonial y con muchas de sus consecuencias, el interés por un mayor conocimiento de las plantas parece haberse apagado en México por espacio de más de 400 años, a partir de la caída de Tenochtitlán. Durante todo ese periodo no merecen mención más que unos cuantos hechos sobresalientes, como son la confección del Códice Cruz Badianus (1552), la expedición de Francisco Hernández, realizada
entre 1570 y 1577, y la expedición de Martín Sessé
y colaboradores, a la cual se une el mexicano José Mariano Mociño
en 1790.

La visita de Humboldt y Bonpland (1803-1804) marca el inicio de una serie de exploraciones emprendidas por numerosos botánicos y colectores extranjeros, en su mayoría europeos. Tales exploraciones se realizan con mayor libertad y profusión una vez alcanzada la independencia del país, pero es necesario esperar hasta el último tercio del siglo XIX para registrar los primeros síntomas del despertar definitivo de la botánica mexicana.
Es inmediatamente después de la intervención francesa de 1864-1867,
cuando surge tanto en la capital de la República, como en varias
ciudades de provincia, un grupo cada vez más nutrido de naturalistas.
Son en su mayoría médicos, farmacéuticos o ingenieros,
pero tampoco falta un pintor de renombre: José María Velasco.
A todos los une el interés por estudiar y aprovechar mejor los recursos
naturales del país. Aunque varios manifiestan una franca inclinación
hacia la botánica, prevalece el tipo de naturalista polifacético,
característico de la época, con conocimientos tanto sobre
plantas, como sobre animales, sobre fósiles, sobre rocas y minerales
y no pocas veces también versado en otras ramas de la ciencia, como
la química o la astronomía.
En 1868 se agrupan en la Sociedad Mexicana de Historia Natural y en 1869
aparece el primer fascículo de "La Naturaleza", revista
cuya publicación, aun cuando con algunas interrupciones, habrá
de perdurar 35 años.
La vida de este periódico científico está íntimamente
ligado con la de Manuel María Villada, quien no sólo es su
fundador, sino el encargado de su edición durante casi todo el tiempo.
Villada, médico de profesión, ya en 1865 publica los resultados
de su estudio botánico de la región de Pachuca y Real del
Monte. En 1868 ocupa el puesto de profesor en el Museo Nacional, encargado
de la Sección de Botánica, donde tiene nacimiento el primer
herbario institucional mexicano, cuyos acervos han de perdurar hasta el
presente. Imparte la cátedra de botánica en la Escuela de
Agricultura y en la Escuela Nacional Preparatoria. Desempeña también
diversos cargos públicos. Es autor de numerosos trabajos que versan
tanto sobre temas botánicos, como zoológicos y geológicos.
Desde 1879 comienza a funcionar en Tacubaya otro herbario, el correspondiente
a la Comisión Geográfico-Exploradora, cuyos colaboradores
reúnen importantes colecciones, mismas que sirven de base para la
creación de un museo.
Fernando Altamirano destaca como director del Instituto Médico Nacional,
creado en 1890, y cuyas principales funciones consisten en el estudio de
plantas con propiedades medicinales. Realiza e impulsa muchas investigaciones
en este campo, pero también encuentra tiempo para realizar excursiones
y colectas.
Tales colectas quedan depositadas en el herbario que durante años
permanece a cargo de José Ramírez, botánico del Instituto,
también de extracción médica. Pronto el herbario del
Instituto llega a cobrar importancia y a convertirse en el más grande
del país. Además de este trabajo, Ramírez desempeña
muchos otros puestos tanto administrativos como docentes, y viaja varias
veces al extranjero. Su producción botánica incluye contribuciones
de orden taxonómico y es de los primeros en señalar claro
interés por los aspectos ecológicos y de distribución
geográfica de las plantas mexicanas, como lo demuestra su opúsculo
intitulado "La vegetación de México", publicado
en 1899.
Entre los estudiosos de las plantas de entonces merecen mención
asimismo Manuel Urbina, Gabriel Alcocer, Alfonso Herrera y Mariano Bárcena,
pero como ninguno, descuella otro personaje, el que quizás a la postre
es el botánico mexicano más brillante de aquella época:
José Narciso Rovirosa, ingeniero de formación, cuyo centro
de actividades es el Estado de Tabasco y con interés especial en
los helechos. Roviroza realiza extensas exploraciones en el sureste del
país y mantiene contacto con varias instituciones extranjeras; sus
colectas se encuentran conservadas en Kew y en varios herbarios norteamericanos.
Publica diversos trabajos relacionados con la flora de Tabasco y de Chiapas,
pero su obra cumbre es la "Pteridografía del sur de México"
(1909) , que no se limita a ser un manual ilustrado de helechos, sino también
incluye una importante contribución al conocimiento de la vegetación
de los Estados mencionados.Este extraordinario periodo, que sin reparos
cabrá calificar como la "etapa de resurgimiento" de la
botánica mexicana, inicia su ocaso en los primeros años del
siglo XX. En las páginas de "La Naturaleza" aparecen uno
tras otro los obituarios de los destacados miembros de la Sociedad. Salen,
por lo general, de la pluma de Villada, quien los sobrevive a casi todos
e insiste en la publicación de la revista hasta 1941. Escasean, sin
embargo, los elementos jóvenes, capaces de proseguir la obra comenzada
y de inyectarle nuevo entusiasmo. La revolución, que cunde a raíz
de los acontecimientos de 1910, encuentra debilitadas las instituciones
y precipita su decadencia.
El país entra en la época de conmociones políticas
y luchas fraticidas que lo sumen en una penuria económica y cultural
intensa, de la cual no llega a recuperarse bien sino tres décadas
más tarde. Es un lapso difícil para el desarrolla de la ciencia
y si la mecha encendida de la actividad botánica no llega a apagarse,
se debe a la providencial presencia de unos cuantos individuos de gran capacidad
y excepcional vocación.

Alfonso Luis Herrera (hijo), farmacéutico, quien entre 1900 y 1907
dirigió la Comisión de Parasitología Agrícola,
llega en 1915 a ser el director del Museo Nacional de Historia Natural y
por su iniciativa se fusiona este centro con el Instituto Médico
Nacional así como con el Museo de Tacubaya, para integrar la Dirección
de Estudios Biológicos, que pasa a depender de la Secretaría
de Agricultura y Fomento. En 1922 Herrera establece el jardín botánico
del Bosque de Chapultepec y hace construir un invernadero de grandes dimensiones.
Trata de reunir en su institución a los mejores elementos humanos
disponibles y entre otros recluta a Conzatti, a Reiche y a Martínez,
aunque no logra retener a todos ellos por un periodo largo.
Un personaje importante, activo ya desde el siglo XIX, pero cuya obra más
trascendental se desarrolla en el periodo postrevolucionario, es Casiano
Conzatti, quien arriba a México en 1881 a la edad de 19 años
para dedicar lo mejor de su larga vida a una incansable labor magisterial.
Autodidacta por excelencia, Conzatti pronto define un agudo interés
hacia la sistemática de las plantas, a la cual dedica su tiempo libre.
Se instala en Oaxaca, donde organiza en 1909 un jardín botánico;
realiza exploraciones en diferentes regiones del Estado y distribuye sus
ejemplares a varios herbarios, además de formar uno propio. Su objetivo
principal lo constituyen trabajos florísticos de conjunto y así,
en 1895 aparece su "Flora sinóptica mexicana" (preparada
en colaboración con Lucio C. Smith), en 1903 "Los géneros
vegetales mexicanos" y en 1946 y 1947 dos de los siete volúmenes
de la magna "Flora taxonómica mexicana"; los restantes
cinco no llegan a publicarse y permanecen aún en forma de manuscrito.
En 1910 la recién reformada Universidad Nacional decide crear la
Facultad Nacional de Altos Estudios, donde comienza a preparar "profesores
en ciencias naturales". Para tal fin contrata a catedráticos
nuevos, entre los cuales se encuentra Carlos Reiche.
A diferencia de Conzatti, Reiche a su llegada a México ya tiene 50
años y es un botánico consumado con larga experiencia en Chile.
Sólo permanece en e1 país por espacio de una década
y media, pero a pesar de tenerse que ganar la existencia con intensas actividades
de enseñanza y a pesar de la inseguridad y las dificultades originadas
por los combates y los cambios de poder, realiza constantes exploraciones
en el Valle de México. Este trabajo da como fruto una serie de publicaciones,
entre las que destacan "La vegetación en los alrededores de
la capital de México" de 1914 y la "Flora excursoria en
el Valle Central de México" de 1926. También es autor
de varios libros de texto, incluyendo uno escrito en alemán pero
que utiliza plantas mexicanas para mostrar y ejemplificar diversos aspectos
de la botánica (para uso de alumnos del Colegio Alemán de
la ciudad de México).
Guillermo Gándara se inicia como colaborador de la Comisión
de Parasitología Agrícola, dedicado al estudio de las enfermedades
de las plantas y de los microorganísinos relacionados. Desde joven
se dedica también a la enseñanza y en 1915 se hace cargo de
la cátedra de botánica en la Facultad de Altos Estudios. Con
el tiempo llega a interesarse más en las plantas superiores y en
la botánica económica. Es autor de un gran número de
publicaciones, entre las cuales destacan los libros: "Plantas útiles
mexicanas" (1917) , "Sistema dilemático para clasificar
las familias de las plantas fanerógamas mexicanas" (1917) y
"Botánica general organostática" (1933) .
Un caso de insólita tenacidad y perseverancia es indudablemente el
de Maximino Martínez. Egresado de la Escuela Normal de Maestros
en 1913, Martínez también consagra 38 largos años a
impartir educación en muchas escuelas y a diferentes niveles. Desde
temprano se siente atraído por la botánica y en particular
por sus aspectos utilitarios. Se aboca inicialmente a la realización
de grandes obras compilatorias, como "Catálogo de nombres científicos
y vulgares de plantas mexicanas" (1a. edición en 1923) "Las
plantas medicinales de México" (1a. edición en 1928)
y "Las plantas medicinales de México" (2a. edición
en 1933). Más tarde se dedica a la revisión taxonómica
de las coníferas mexicanas, obra que termina en 1950 y a partir
de entonces hasta los días de su muerte estudía el género
Quercus. También escribe varios libros de texto. En 1941, gracias
a su iniciativa y entusiasmo se organiza la Sociedad Botánica de
México y Martínez no sólo se responsabiliza de mantener
vivas las actividades de esta agrupación (constituida en su mayoría
por aficionados) durante casi 20 años, sino también de publicar
su Boletín.
El lapso entre 1910 y 1945 podría llamarse entonces como la "etapa
heróica" de la botánica mexicana, caracterizada por la
destacada obra de unas cuantas personalidades de singular reciedumbre.
La Facultad Nacional de Altos Estudios de la Universidad se transforma en
1926 en la Facultad de Filosofía y Letras y poco después se
separa de ahí la Facultad de Ciencias, que prepara, entre otros,
a "maestros en ciencias biológicas". La Dirección
de Estudios Biológicos se convierte en 1929 en el Instituto de Biología,
que pasa a formar parte de la Universidad también. En 1938 comienza
impartirse la carrera de biólogo (inicialmente desmembrada en varias
carreras, de las cuales una es la de botánico) en la Escuela Nacional
de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional
y no mucho antes aparece la especialidad de biología en la Escuela
Normal Superior.
Lentamente a partir de 1930 va incrementándose el número de
botánicos, esta vez ya en su mayoría profesionalmente preparados
en ciencias naturales o en biología; se fortalecen las instituciones
y se crean otras nuevas, auspiciando más trabajos de investigación.
Entre las personas que surgen de esta manera puede destacarse a Helia Bravo,
con una trayectoria vitalicia ligada al estudio de las cactáceas
mexicanas, y a Manuel Ruiz Oronoz, dedicado a pesquisas sobre hongos microscópicos
y otras criptógamas e impulsor de la enseñanza de conocimientos
vegetales.

El iniciador del siguiente periodo de desenvolvimiento botánico en
el país es Faustino Miranda, quien emigra de España en 1939,
a consecuencia de la guerra civil. A pesar de que su interés primitivo
residía en las algas marinas, al llegar a México decide que
aquí hace más falta estudiar las plantas superiores y sobre
todo las comunidades vegetales, su distribución y sus relaciones
con el medio, aspectos a los que consagra el resto de su vida. Inicia sus
investigaciones en la Cuenca del Balsas para extenderse luego a la del Papaloapan.
Una estancia de 5 años en Chiapas produce un tratado sobre la vegetación
de ese Estado y también la fundación del jardín botánico
en Tuxtla Gutiérrez. Más tarde se le ve recorriendo la Península
de Yucatán y también las zonas áridas del norte de
la República. Crea y dirige el jardín botánico de la
Universidad Nacional en el Pedregal de San Angel. Participa en la organización
de los trabajos de la Comisión de Dioscóreas, que han de
rendir importantes conocimientos sobre la vegetación de regiones
calientes y húmedas. Con Efraím Hernández Xolocotzi
prepara el significativo trabajo sobre "Los tipos de vegetación
de México y su clasificación" (1963) .
Directa o indirectamente Miranda es responsable de la formación de
nuevos botánicos, quienes dan impulso a la realización de
un considerable número de investigaciones referentes a la cubierta
vegetal entre 1945 y 1965, periodo que no sería impropio llamar "etapa
de los estudios sobre la vegetación".
Por otra parte es importante reconocer que durante estos 20 años
también hay otros avances. Inician sus labores nuevas instituciones
ligadas a la botánica, tales como las Escuelas de Biología
en Monterrey y en Guadalajara, el Instituto Mexicano de Recursos Naturales
Renovables, el Instituto de Investigación de Zonas Desérticas
de San Luis Potosí, el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales,
el Colegio de Postgraduados de Chapingo, el Instituto de Historia Natural
de Tuxtla Gutiérrez. En 1952 se crea la Sociedad Botánica
del Estado de Jalisco y en 1953 la Sociedad Mexicana de Cactología.
En 1960 se celebra el Primer Congreso Mexicano de Botánica, cuyo
éxito atestigua el auge alcanzado.
Los trabajos florístico-taxonómicos y los herbarios reciben
un significativo impulso gracias a los esfuerzos de Laura Huerta (en algas),
de Gastón Guzmán y de Teófilo Herrera (en hongos),
de Eizi Matuda y de otros (en plantas vasculares). Despiertan asimismo
algunas otras disciplinas, como la anatomía y la citología,
la palinología, la autoecología, la fitogeografía,
la fisología vegetal, la fitoquímica, la etnobotánica
y la historia de la botánica, sembrando la semilla de lo que comenzará
a florecer en la fase histórica subsiguiente, misma que estamos viviendo
en los últimos 15 años y que podría definirse como
franca "etapa de diversificación" de las actividades botánicas
en México. La evaluación de esta fase pertenece ya al futuro.
Bibliografía
ALCOCER, G.V. 1897. Reseña histórica de los trabajos emprendidos
acerca de la flora mexicana. La Naturaleza, II ser, 3 (apéndice):
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GÁNDARA, G. 1936. Historia de la enseñanza de las ciencias
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Antonio Álzate 53: 387-410. HERRERA, A.L. 1921. La biología
en México durante un siglo. 16 pp. México, D.F. (copia del
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27 de septiembre de 1921) LANGMAN, LK. 1964. A selected guide to the literature
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1015 pp.
MIRANDA, F. 1961. La botánica en México en el último
cuarto de siglo. Rey. Soc. Mex. Hist. Nat. 22: 85-111.
Boletín de la Sociedad Botánica de México Número 40 1981
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